INCLUSO EL DIOS DEL TRUENO SE ROMPE
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Se lee Raiyin y es el dios del trueno japonés, hermano de Fuijin. Raijin es eufórico, juguetón, vivaz y, sobre todo, eléctrico; al tocar sus tambores —taiko—, produce el trueno y el relámpago.
Pero Raijin está muy triste porque, de alguna manera, no sabemos cómo, él mismo o algunx otrx ser le dañó su tambor. Raijin llora porque en este momento ya no puede tocar más, su voz ha sido silenciada y su preciado Taiko está roto.
Te queremos, Raijin. Estar triste está bien y sabemos que seguro lo repararás.

Raijin es, sin lugar a dudas, uno de nuestros personajes favoritos del folclore japonés. Es un dios de carácter particular, protector y temido. Elegimos esta figura porque entendemos el amor profundo que siente Raijin por sus tambores, lo importante que son y lo que en ellos conjura. ¿Quién no ha sentido roto aquello que le importa? ¿Quién no ha llorado viendo lo que amaba desecho? Pero sobre todo.
¿Quién, después de estas lágrimas y mal rato, no ha logrado salir adelante y reparar lo que parecía irreparable?
Nos acercamos a esta pieza con la intención de avanzar, de ampliar el panorama, de darle más formas a aquello que nos enamora. MRH ante todo es un laboratorio creativo y el arte tradicional japonés tuvo muchísimas y diversas manifestaciones, una de ellas, que ha trascendido con el tiempo es la práctica del Netsuke (esculturas en miniatura tallas -en sus inicios- en marfil o madera empleadas para sostener cajitas o bolsas al kimono que no tenía bolsillos) estudiando esto y dejándonos sorprender encontramos la referencia que nos estalló la cabeza y nos motivó a hacer nuestro primer juguete de colección. Acá te lo podrás encontrar para que tengas esta pieza contigo y recuerdes que siempre, siempre vuelve a salir el sol.

Fue esa historia la que nos llevó a crear Raijin, nuestra primera pieza de colección. Inspirados en la tradición del Netsuke—pequeñas esculturas talladas que acompañaban el kimono en la vida cotidiana— quisimos reinterpretar este dios del trueno en un objeto para conservar, contemplar y llevar contigo. Más que un juguete o una figura, es un recordatorio de que incluso aquello que parece roto puede volver a soñar. Que todos, incluso los dioses, atravesamos momentos de silencio. Y que, tarde o temprano, siempre encontramos la forma de reparar nuestros tambores.